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«Permanecer juntos» - El liderazgo de la Iglesia
En el huerto de Getsemaní, Jesús oró a solas. En la tranquila oscuridad, sus discípulos, a quienes había pedido que velaran, se quedaron dormidos, cansados por la cena de Pascua y confundidos por sus palabras. Sin embargo, mientras ellos descansaban, Jesús se dedicó a la oración. Solo él y el Padre.
En ese espacio sagrado, Él no solo estaba orando por fuerzas para soportar la cruz, sino que también estaba orando por Sus seguidores. Oró por los discípulos que pronto se dispersarían, por Pedro que lo negaría, por Tomás que dudaría de Él, e incluso por María que lloraría ante la tumba.
Pero su oración llegó aún más lejos. Mirando hacia el cielo, sudando gotas de sangre y lleno de compasión, Jesús oró: «No solo oro por estos discípulos, sino también por todos los que creerán en mí a través de su mensaje. Ruego que todos sean uno, así como tú y yo somos uno... Yo estoy en ellos y tú estás en mí. Que experimenten una unidad tan perfecta que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amas tanto como me amas a mí» (Juan 17:20-23).
Eso significa que Jesús oró por ti. Antes de la cruz, antes de la mañana de la resurrección, antes incluso de que existiera la Iglesia, Jesús intercedió por su pueblo, por su Iglesia, para que caminara en unidad y amor. Oró para que permaneciéramos juntos, arraigados en el mismo Espíritu que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Sin embargo, desde los primeros días de la Iglesia, la unidad ha sido puesta a prueba. Las diferencias en creencias, prácticas y personalidades han fracturado lo que Jesús quería que permaneciera íntegro. Pero el llamado sigue vigente: ser un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola familia, unidos no por un acuerdo perfecto, sino por un amor perfecto (Efesios 4:4-6).
Hoy, nos unimos nuevamente a Jesús en esa misma oración. Oramos por nuestra iglesia: para que sea una con Dios, una entre nosotros y una en la misión al mundo. Oramos por nuestros pastores, líderes y creyentes para que caminen en gracia, humildad y verdad. Oramos para que la Iglesia no sea una imagen de división, sino una muestra del amor divino, para que el mundo pueda ver a Jesús a través de nuestra unidad y amor mutuo.